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A continuación varios artículos sobre la
Conciencia:
su formación y educación, preguntas y respuestas, la conciencia moral, "Escuchen
hoy la Voz ..."
LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA ...
Tomado de: http://www.aciprensa.com/Familia/concmoral.htm
Por el Prof. Eduardo Cattaneo
No es posible dar a nuestros hijos una educación adecuada, si no pensamos en darles los elementos para auto-conducirse en libertad, y un elemento muy importante en este sentido es la formación de la conciencia moral.
El primer principio moral se encuentra escrito en el ser de los niños desde el primer momento de su existencia. Este principio, que los antiguos llamaban sindéresis, es el que indica: "hacer el bien y evitar el mal".
Muchos otros principios morales, derivados cercanos de la sindéresis, pueden deducirse de la simple observación del orden natural. Sin embargo no todos los hombres adhieren al bien en todos sus aspectos, y aún quienes hemos sido formados en el bien solemos cometer muchas faltas de las cuales luego nos arrepentimos. Esto prueba que si bien la moral forma parte de nuestra vida natural, es preciso formar a los niños y jóvenes para que más fácilmente adhieran al bien y rechacen el mal.
Los padres deben saber que, mientras sus hijos no desarrollen esa conciencia, deberán suplir ellos mismos esa falta de desarrollo. de la misma manera que le procuran los alimentos porque los niños no pueden hacerlo por ellos mismos. Las fallas que los padres cometan durante este período de formación, serán las fallas en los mecanismos de la conciencia de sus hijos.
Cuando papá o mamá emiten juicios de valor, los niños suelen adueñarse de ellos. de esta manera, resaltando las acciones buenas y sancionando las malas, estará colaborando a la formación de la conciencia. Es muy importante el ejemplo, como nos decía Verónica unos números atrás: "los chicos no nos escuchan, pero si nos ven".. Es por esto que no debemos tanto dar lecciones de moral cuanto aprovechar cada oportunidad de la vida diaria para formar juicios rectos.
Los niños pequeños tienen la tendencia a juzgar la moralidad de las acciones por su forma exterior, por lo cual es importante acostumbrarlos a tratar de acercarse a las intenciones, ya que de ellas mas de forma exterior depende la moralidad de un acto. Si ha cometido una torpeza fruto de la cual ha roto un juguete de su hermano, no debe juzgarse de igual manera que si lo ha roto para vengarse por un disgusto que el hermano le ha producido.
Es necesario despertar en los hijos la responsabilidad por sus actos, por lo cual es conveniente que las sanciones sean en orden a reparar el daño producido por la falta.
Por ejemplo: deberá reponer a su hermano el juguete que ha roto en forma intencional. Una buena idea es acostumbrarlos a hacer un "examen de conciencia" por las noches antes de dormir, de manera que aprenda a reconocer sus faltas y hacer el propósito de no cometerlas en adelante. Para esto, sobre todo al principio, será necesario ayudarle a realizar este examen. En los niños mayores y adolescentes será importantes ayudarlos a formarse un ideal, una consigna para encaminar sus acciones.
Poco a
poco, hay que comenzar a darles independencia en las decisiones,
sin que esto signifique que no podamos sugerirle lo que haríamos
nosotros en su lugar.
2. ¿Qué es la conciencia?
3. ¿Qué significa formar la conciencia?
4. ¿Tengo yo deber de formar mi conciencia?
5. ¿Cuál es la mejor manera de formar mi conciencia?
6. ¿Cómo afectará mi conciencia la indiferencia a la
verdad?
7. ¿No es acaso suficiente seguir mi propia conciencia?
FALSA CONCIENCIA: El juicio de la mente cuando decide erróneamente que algo es legal cuando en realidad es ilegal, o vise versa. El error puede estar en los falsos principios usados o porque la mente fue obscurecida o confundida en su razonamiento.
Padre: Quiero saber sobre la conciencia y como debe ser educada, también qué papel juega en ella la moral y los valores. Soy profesor de religión y quiero saber esto por mis alumnos.
Responde
el P. Miguel Ángel Fuentes
Estimado:
1. La conciencia moral es susceptible de un continuo progreso. Pero
hemos de decir que la educación de la conciencia es la más difícil de
las artes. No todos reciben de la naturaleza idéntica disposición para
el recto juicio: porque mientras en algunos es más fácil, otros son más
tardos en apreciar todos los aspectos éticos del acto y su relación con
las diversas normas de la moral. A esto se añaden las enfermedades del
espíritu, la ignorancia, los prejuicios, los hábitos y las pasiones, que
pueden fácilmente plegar la mente para que juzgue el valor ético de una
determinada acción en conformidad con sus propios intereses.
2. La rectitud del juicio de la conciencia (en lo que consiste una
conciencia educada) implica un conocimiento exacto de la ley y la sabia
aplicación de la misma a la acción concreta. A esto, por lo tanto, debe
mirar la educación, mediante:
3. Finalmente, dos son, sobre todo, las enfermedades
que pueden afectar habitualmente a la conciencia en sus juicios: el laxismo
y el escrúpulo. Éstos constituyen respectivamente la degeneración del
error y de la duda. El hombre de conciencia laxa tiende a subestimar la
inmoralidad de algunas acciones y la responsabilidad de sus actos. Hábito
éste que no puede ser vencido sino mediante el hábito contrario, adquirido
gradualmente por un diligente examen de las dudas que se presentan, un
amor más sincero de la verdad y del deber, una docilidad más obsequiosa
al confesor y una más severa valoración de las acciones propias. El escrúpulo,
entendido no como fenómeno esporádico, sino como hábito morboso del espíritu,
puede definirse: la obsesión de la duda en el campo moral. En efecto, presenta
los caracteres de la idea obsesiva y es como ella lúcido, irresistible,
angustioso, persistente, a pesar de que el mismo paciente lo reconoce
irrazonable. El escrúpulo ha de ser curado con remedios oportunos.
Para mayor información puede consultar los siguientes
artículos:
- P. Miguel Ángel Fuentes, "La conciencia y el Magisterio"
- P. Miguel Ángel Fuentes, "La conciencia en la Veritatis Splendor"
- Cardenal J. Ratzinger, "Elogio de la conciencia"
Para una nueva consulta: teologoresponde@ive.org
TOMADO DEL "CATECISMO
DE LA IGLESIA CATÓLICA"
TERCERA PARTE: LA VIDA EN CRISTO
PRIMERA SECCIÓN: LA VOCACIÓN DEL HOMBRE: LA VIDA EN EL ESPÍRITU
CAPÍTULO PRIMERO: LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
ARTÍCULO 6: LA CONCIENCIA MORAL
1776 “En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal... El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón... La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (GS 16).
I El dictamen de la conciencia
1777 Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral (cf Rm 2, 14-16) le ordena, en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal. Juzga también las opciones concretas aprobando las que son buenas y denunciando las que son malas (cf Rm 1, 32). Atestigua la autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por el cual la persona humana se siente atraída y cuyos mandamientos acoge. El hombre prudente, cuando escucha la conciencia moral, puede oír a Dios que le habla.
1778 La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de la ley divina:
La conciencia es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza... La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo (Newman, carta al duque de Norfolk 5).
1779 Es preciso que cada uno preste mucha atención a sí mismo para oír y seguir la voz de su conciencia. Esta exigencia de interioridad es tanto más necesaria cuanto que la vida nos impulsa con frecuencia a prescindir de toda reflexión, examen o interiorización:
Retorna a tu conciencia, interrógala... retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al Testigo, Dios (S. Agustín, ep. Jo. 8, 9).
1780 La dignidad de la persona humana implica y exige la rectitud de la conciencia moral. La conciencia moral comprende la percepción de los principios de la moralidad (‘sindéresis’), su aplicación a las circunstancias concretas mediante un discernimiento práctico de las razones y de los bienes, y en definitiva el juicio formado sobre los actos concretos que se van a realizar o se han realizado. La verdad sobre el bien moral, declarada en la ley de la razón, es reconocida práctica y concretamente por el dictamen prudente de la conciencia. Se llama prudente al hombre que elige conforme a este dictamen o juicio.
1781 La conciencia hace posible asumir la responsabilidad de los actos realizados. Si el hombre comete el mal, el justo juicio de la conciencia puede ser en él el testigo de la verdad universal del bien, al mismo tiempo que de la malicia de su elección concreta. El veredicto del dictamen de conciencia constituye una garantía de esperanza y de misericordia. Al hacer patente la falta cometida recuerda el perdón que se ha de pedir, el bien que se ha de practicar todavía y la virtud que se ha de cultivar sin cesar con la gracia de Dios:
Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo (1 Jn 3, 19-20).
1782 “El hombre tiene el derecho de actuar en conciencia y en libertad a fin de tomar personalmente las decisiones morales. ‘No debe ser obligado a actuar contra su conciencia. Ni se le debe impedir que actúe según su conciencia, sobre todo en materia religiosa’ (DH 3)
II La formación de la conciencia
1783 Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas.
1784 La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. Una educación prudente enseña la virtud; preserva o sana del miedo, del egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón.
1785 En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es necesario también examinar nuestra conciencia en relación con la Cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia (cf DH 14).
1786 Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.
1787 El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.
1788 Para esto, el hombre se esfuerza por interpretar los datos de la experiencia y los signos de los tiempos gracias a la virtud de la prudencia, los consejos de las personas entendidas y la ayuda del Espíritu Santo y de sus dones.
1789 En todos los casos son aplicables algunas reglas:
— Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien.
— La ‘regla de oro’: ‘Todo cuanto queráis que os hagan los hombres,
hacédselo también vosotros’ (Mt 7,12; cf Lc 6, 31; Tb 4, 15).
— La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y
hacia su conciencia: ‘Pecando así contra vuestros hermanos, hiriendo su
conciencia..., pecáis contra Cristo’ (1 Co 8,12). ‘Lo bueno es... no
hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad’
(Rm 14, 21).
1790 La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos.
1791 Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la responsabilidad personal. Así sucede ‘cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega’ (GS 16). En estos casos, la persona es culpable del mal que comete.
1792 El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral.
1793 Si por el contrario, la ignorancia es invencible, o el juicio erróneo sin responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido por la persona no puede serle imputado. Pero no deja de ser un mal, una privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la conciencia moral de sus errores.
1794 La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera. Porque la caridad procede al mismo tiempo ‘de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera’ (1 Tm 1,5; 3, 9; 2 Tm 1, 3; 1 P 3, 21; Hch 24, 16).
Cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las personas y los grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan Lapor adaptarse a las normas objetivas de moralidad (GS 16).
1795 “La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (GS 16).
1796 La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la calidad moral de un acto concreto.
1797 Para el hombre que ha cometido el mal, el veredicto de su conciencia constituye una garantía de conversión y de esperanza.
1798 Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. Cada cual debe poner los medios para formar su conciencia.
1799 Ante una decisión moral, la conciencia puede formar un juicio recto de acuerdo con la razón y la ley divina o, al contrario, un juicio erróneo que se aleja de ellas.
1800 El ser humano debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia.
1801 La conciencia moral puede permanecer en la ignorancia o formar juicios erróneos. Estas ignorancias y estos errores no están siempre exentos de culpabilidad.
1802 La Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos. Es preciso que la asimilemos en la fe y en la oración, y la pongamos en práctica. Así se forma la conciencia moral.
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