Resucito, no esta aqui

"Una circunstancia providencial me llevó a profundizar la realidad de Jesús, que después del abandono y de la muerte en la cruz, resucitó.

Y no sólo eso: tuve la ocasión de meditar intensamente, con el alma y con el corazón, muchos detalles de la resurrección de Jesús y de su vida después de la resurrección. Y me quedé estupefacta (es la palabra exacta) de la majestuosidad, de la grandiosidad que emanaba este divino acontecimiento: de la singularidad del Resucitado, de este hecho sobrenatural que, por lo que sé, es único en el mundo.

Por eso en esta ocasión no puedo evitar poner de relieve lo que caracteriza principalmente al cristianismo, lo que distingue a su Fundador, Jesús: su resurrección. ¡La realidad de la resurrección! ¡Resucitó de la muerte! No como resucitaron otros, por ejemplo Lázaro, que llegado su momento murió. Jesús resucitó para no morir nunca más, para seguir viviendo como hombre en el Paraíso, en el corazón de la Trinidad.

Y lo vieron 500 personas. Y no era un fantasma. Era Él, realmente Él: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado” (Jn 20,27), le dijo a Tomás. Y comió con los suyos, les habló y se quedó con ellos 40 días…

Se había hecho pequeño como uno de nosotros, hombre entre los hombres. Había renunciado a su infinita grandeza por amor a nosotros. Tan pequeño que desde un avión no hubiésemos podido verlo.

Pero al resucitar rompió, superó todas las leyes de la naturaleza, del cosmos, mostrándose más grande que todo lo que existe, que todo lo que había creado, que todo lo que se puede pensar; y por eso nosotros, con sólo intuir esta verdad, no podemos dejar de verlo Dios, no podemos dejar de hacer como Tomás, y arrodillados frente a El en adoración, confesar y decirle sinceramente: “Señor mío y Dios mío”.

Aunque jamás sabré describirlo, este es el efecto que la luz del Resucitado produjo en mí.

Sin duda lo sabía; seguramente lo creía, ¡y cómo!

Pero aquí, en cierto modo, lo vi.

Aquí mi fe se hizo claridad… racional, quisiera decir.

Sí, se me presentó racional porque la resurrección no es algo de este mundo. Viene del Cielo. Entonces si es real, si la resurrección sucedió, ese Cielo existe, Dios existe, el Paraíso existe.

Y contemplé con otros ojos lo que Jesús hizo durante esos 40 días.

Después de que el ángel bajó del cielo y desplazó la piedra, y anunció la resurrección, Él se le aparece en primer lugar a la Magdalena, que era una pecadora, porque Él asumió nuestra carne por los pecadores.

Lo vemos en el camino de Emaús: grande e inmenso como era, transformarse en el primer exégeta que explica las Escrituras a dos discípulos.

Lo vemos como el fundador de su Iglesia, que impone las manos a los discípulos y dice esas extraordinarias palabras a Pedro, a quien pone como cabeza de la Iglesia.

Lo vemos enviar los discípulos al mundo, a anunciar el nuevo Reino que ha fundado, en nombre de la Santísima Trinidad, de la que había descendido y a la que volvería luego en la ascensión, en alma, cuerpo y divinidad.

Todas estas cosas ya las sabía, pero en ese momento eran nuevas, porque eran absolutamente verdaderas para la fe y para la razón.

Y porque resucitó, todas las palabras que dijo precedentemente, antes de su muerte, adquirieron una luminosidad única, expresaron verdades absolutas. En primer lugar, entre todas esas, aquellas con las que anuncia nuestra resurrección.

Lo sabía y lo creía porque soy cristiana. Pero ahora estoy doblemente segura: resucitaré, resucitaremos.

Entonces a todos los míos, a nuestros amigos que partieron y que tal vez, inconscientemente, los damos por perdidos, en lugar de decirles: adiós, podré decirles hasta pronto, para no separarnos nunca más.      Porque el amor de Dios por nosotros llega hasta este punto".

Chiara Lubich



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